Indigenismo e hispanismo. Dos ideologíascontrapuestas

Este artículo fue piblicado originalmente en la revista Relatos e Historias en México, Editorial Raíces, año V, número 60, agosto de 2013, pp. 41-48.

Códice Vaticano A. f. 90r.

Hace 492 años, el 13 de agosto de 1521, cayó prisionero Cuauhtémoc, último gobernante de los mexicas. Con él sucumbió la ciudad de México-Tenochtitlan, centro y último bastión de un señorío que ejercía dominio político y militar sobre la mayor parte de Mesoamérica. Ese día también se afianzó la hegemonía de los conquistadores españoles, encabezados por Hernán Cortés, sobre las tierras del Anáhuac. Cuauhtémoc murió en 1525, ejecutado por disposición de Cortés, en algún paraje de Tabasco. Por su parte, el líder de los conquistadores murió en 1547 en Sevilla, España.

La personalidad, obra y legado, tanto de Hernán Cortés como de Cuauhtémoc son, motivo de un debate entre quienes glorifican la herencia cultural hispánica en detrimento de la indígena y quienes adoptan la posición inversa. La polémica entre filohispanistas y filoindigenistas no es nueva, pero tampoco tan antigua como podría suponerse. Durante los tres siglos de existencia de la Nueva España, ni Cortés ni Cuauhtémoc fueron objetos de culto o vituperio semejantes a los que han recibido durante los siglos XIX y XX.

A fines del siglo XVIII algunos intelectuales criollos novohispanos, como Francisco Xavier Clavijero, comenzaron a revalorar la cultura indígena del periodo prehispánico e incluso a identificarse con ella, pero no en detrimento de la hispánica. Se trató de una reacción ante las opiniones despectivas de varios intelectuales europeos —no hispanos— acerca de los americanos en general y de los indios en particular. De hecho, la defensa de éstos a menudo iba acompañada de la de los españoles, tanto peninsulares como criollos. La disociación y confrontación entre hispanistas e indigenistas ocurriría después de la independencia.

La hispanofobia tomaría forma durante la insurgencia iniciada en 1810. Es cierto que durante la segunda mitad del siglo XVIII se incrementó el rechazo que ciertos sectores sociales manifestaban hacia los españoles peninsulares, es decir, los nacidos en España que ocupaban los puestos públicos importantes en la mayor parte de Hispanoamérica, y cuyo número había crecido significativamente en el mismo periodo. Dicho sentimiento no implicaba un rechazo a la cultura española, aunque sirvió de base para el surgimiento del llamado “antigachupinismo” durante la guerra, que después de 1821 se transformó, ahora sí, en hispanofobia. En otras palabras, se popularizó un rechazo —a menudo odio— contra las instituciones coloniales y los españoles. Los gobiernos republicanos que sucedieron al imperio encabezado por Agustín de Iturbide no fueron inmunes a esta pasión. Como consecuencia, en dos ocasiones, 1827 y 1829, se decretó la expulsión de los españoles de territorio mexicano.

Hay que matizar que no faltaron los defensores de las instituciones heredadas del periodo virreinal, los cuales veían un peligro en ese afán radical por destruir las viejas instituciones. También hay que apuntar que en esta primera etapa de hispanofobia no existió un nacionalismo indigenista similar al del siglo XX. Sin embargo, a lo largo del siglo XIX iría tomando forma un indigenismo xenófobo que se manifestaría con mayor claridad después de la Revolución mexicana.

En el Plan de Iguala se exhortaba a la reconciliación de todos los grupos socio-étnicos novohispanos y se estipulaba que los españoles peninsulares que aceptaran la independencia podrían quedarse en el país e incluso adquirir la nacionalidad mexicana. Quienes no estuvieran de acuerdo podrían salir del país con todos sus bienes sin obstáculo alguno. Sin embargo, la hispanofobia estaba ya demasiado extendida entre la población y se acrecentó por la negativa de las tropas españolas a entregar el fuerte de San Juan de Ulúa, en Veracruz; por el intento de la Corona española de reconquistar México en 1829, así como por su negativa a reconocer la independencia.

El 15 de septiembre de 1823 hubo apasionadas manifestaciones populares antiespañolas en la Ciudad de México. Lucas Alamán, entonces ministro de Relaciones Interiores y Exteriores, temeroso de que la muchedumbre enardecida atentara contra los restos de Hernán Cortés, sepultados en el templo del antiguo Hospital de Jesús, sigilosamente los mudó de sitio dentro del mismo recinto. En 1836, cuando el encono contra España y los españoles amainó luego de que la Corona reconociera la independencia, la osamenta fue colocada en una de las paredes laterales del templo, pero sin ninguna indicación que permitiera ubicarla.

Después de la década de 1820 no hubo más decretos para expulsar españoles; sin embargo, la hispanofobia continuó y de vez en cuando se tradujo en violencia. Al mismo tiempo fue configurándose un nacionalismo indigenista que idealizaba a las sociedades de la etapa prehispánica. Por supuesto, nunca faltaron voces reactivas que buscaban contrarrestar ese nacionalismo xenofóbico, así como reivindicar y exaltar la labor aculturadora de los conquistadores españoles. Para los hispanistas mexicanos, Cortés encarnaba dicha obra, mientras que los indigenistas eligieron a Cuauhtémoc como símbolo de la fortaleza nacionalista en contra de toda forma de colonialismo e intervención extranjera. Ambos bandos cayeron en excesos retóricos y elaboraron narrativas históricas para llevar agua a su molino.

El escritor Luis González Obregón, nacido en 1865, cuenta que durante su infancia acudió al Teatro Hidalgo, en la ciudad de México, a presenciar una obra sobre la conquista de México-Tenochtitlan. Cuando llegó la escena de la quema de los pies de Cuauhtémoc, un concurrente se levantó de su asiento y gritó que Cortés debía ser quemado y no el guerrero mexica. Súbitamente los espectadores secundaron el reclamo con tal vehemencia que los actores, temerosos de sufrir una agresión, cambiaron el libreto de modo que el personaje de Cortés padeció el suplicio de la quema de pies.

Pero las batallas ideológicas más intensas entre indigenistas e hispanistas ocurrieron en la década de 1940. El nacionalismo posrevolucionario había llevado al indigenismo a niveles apoteósicos y lo había convertido casi en una doctrina de Estado. Los hispanistas lucharon en una posición de desventaja y en franca minoría. Cortés y Cuauhtémoc fueron los personajes elegidos para combatir y dirimir de manera simbólica la pugna entre dos maneras distintas de imaginar la nación mexicana.

A muchos mexicanos les cuesta trabajo aceptar que la mayoría descendemos, principalmente, de indígenas, españoles y africanos. Las valoraciones éticas de la forma que adoptó la conquista no cambian este hecho. Tampoco es razón para idealizar a las sociedades indígenas del periodo prehispánico. Asumamos que llevamos con nosotros tanto al conquistador como al conquistado y que no hay razón histórica para identificarnos más con uno que con otro. No somos los indígenas del periodo prehispánico, tampoco los españoles que llegaron en el siglo XVI ni los esclavos negros de todo el periodo colonial.  Somos una cultura diferente que se nutrió de la indígena, española y africana, y se alimenta actualmente de muchas otras. Los intercambios culturales son cosa corriente desde hace varios siglos, sin que destruyan necesariamente las identidades colectivas. Los purismos étnicos y culturales, además de absurdos, a menudo derivan en posiciones intolerantes y xenófobas.

Por otro lado, a menudo tendemos a simplificar procesos históricos sumamente complejos, atribuyéndolos a la acción y voluntad de hombres excepcionales. No es raro escuchar que Hernán Cortes llevó a cabo la conquista de los pueblos indígenas en el siglo XVI. El solo, sin ayuda de nadie. La exageración y el desatino histórico han llevado a muchas personas a creer la mentira, repetida hasta el cansancio, de que la nación mexicana surgió en el siglo XVI y que su creador fue Cortés. Como si las naciones fueran creaciones de individuos aislados. Cortés encabezó una conquista que puede ser juzgada como proeza militar, pero no actuó solo. Tampoco pueden ignorarse las condiciones culturales, tecnológicas, militares y políticas que la hicieron posible.

La afirmación de que Cortés fue el “conquistador de lo imposible”, título de una biografía escrita por el historiador francés Bartolomé Bennassar, es aceptable sólo como licencia retórica con fines comerciales. Cortés encabezó la conquista de los indígenas mexicas y de otros grupos étnicos porque era posible. Ello no significa que se regatee el mérito que le corresponde por tomar decisiones en momentos cruciales, como cuando decidió desobedecer a Diego de Velázquez, gobernador de Cuba, y dirigirse a las costas de tierra firme, luego novohispanas. Tampoco que se desconozca su capacidad política para aprovechar las diferencias y enconos entre mexicas y los pueblos que tenían sojuzgados. Sin embargo, la conquista fue posible gracias a que, parafraseando al filósofo español José Ortega y Gasset, concurrieron las circunstancias adecuadas con la voluntad de muchos hombres, en especial la de Hernán Cortés.

Tenemos una innegable herencia indígena, hispana y africana, pero eso no nos constituye como nación mexicana; es sólo una característica no exclusiva. Me explico: una particularidad de los seres humanos es que tenemos dos pies, pero eso no nos constituye como tales, pues existen otros animales con ese rasgo. De modo análogo, otros países hispanoamericanos tienen los mismos legados culturales que México, no obstante, forman naciones distintas a la mexicana. Todas ellas se formaron en el siglo XIX, no en el XVI. Vale la pena hablar de este proceso con cierto detalle.

Sugerencia para citar: Hernández Jaimes, Jesús, “Indigenismo e hispanismo. Dos ideologías contrapuestas”, en Estante Abierto. Revista electrónica de historia y política, mayo de 2026. [Consultado el día/mes/año] estanteabierto.com

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