Usos (y abusos) de la Patria

Publicado originalmente en la revista Relatos e Historias en México, Editorial Raíces, año IX, núm. 97, 2016, pp. 49-57.

Alegoría de la Madre Patria. [Representación de la unión de España y de la Nueva España a través de la fe cristiana] Autor anónimo, siglo XVIII. Acervo del Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec de la Ciudad de México.

Patria! ¡patria! tus hijos te juran

exhalar en tus aras su aliento

(Fragmento del Himno Nacional Mexicano)

Nuestro contacto con la palabra patria inicia desde nuestra infancia, cuando pisamos el aula de una institución educativa. La leemos en los textos gratuitos que recibimos y la escuchamos en boca de docentes y políticos. Los educadores y los manuales se empeñan en infundir el amor a ella entre los infantes, así como el sentido de pertenencia a una imaginada comunidad política. Los políticos, por su parte, buscan incitar emociones, opiniones y acciones tendientes a defender una entelequia de contradictorios y cambiantes significados. Puede argumentarse que el término sólo sirve para encubrir la maraña de intereses y posturas ideológicas del político que lo enuncia; sin embargo, los receptores ya hemos sido acondicionados para dotarlo de algún sentido que permite la comunicación con el emisor. Aunque no pueda definirse, la palabra patria toca las fibras de la sensibilidad de muchas personas. Los significados son difusos y equívocos pero funcionales y los políticos lo saben. Ya habrían renunciado a hablar de la patria si no fuera así.

A veces se utilizan como sinónimos de patria las palabras país, pueblo o nación. Casi siempre para referirse al conjunto de personas que habitan el territorio de un Estado nacional. Sin embargo, en la cultura hispanoamericana, patria posee una carga semántica y afectiva de profundas raíces históricas que no tienen los otros vocablos. Esas sutiles diferencias explican la preferencia, consciente o inconsciente, de los políticos por el uso de dicho término para comunicarse con la ciudadanía.

Las voces nación, patria, país y pueblo, han estado en el idioma castellano desde tiempos inmemoriales. Pasaron a América como resultado de la conquista de los pueblos indígenas y de la colonización del territorio encabezadas por los españoles. En el Diccionario de Autoridades, cuya primera versión data de 1726, se registró el término nación por primera vez en la edición de 1734. Los de patria, país y pueblo se incluyeron tres años después. Éstos tres tenían y tienen en común, en una de sus acepciones, un sentido territorial. Patria se definió como el “lugar, ciudad o país en que se ha nacido”. País se entendió como una determinada “región, reino, provincia o territorio”. Mientras que pueblo se registró como “lugar o ciudad que está poblado de gente”. En los tres casos se consideró al elemento humano como intrínseco al territorio, pero sólo patria aludió de manera explícita al territorio en que nace una persona. Esta distinción es fundamental en virtud de que recoge el vínculo afectivo que establece un individuo con el espacio concreto y claramente acotado en que nace y, a menudo, crece. Es decir, remite a las relaciones sociales y al cúmulo de experiencias inherentes al ciclo vital de una persona. Hablamos del amor al terruño, a la patria chica, como se diría más tarde. De hecho, durante los siglos XVI y XVII, en la Nueva España, cuando una persona hablaba de su patria se refería al caserío, villa o ciudad de nacimiento; rara vez a una territorialidad político-administrativa de mayores dimensiones, como una alcaldía mayor, subdelegación, intendencia, capitanía o virreinato.

El significado de la palabra nación no incluía el elemento territorial. Una de las acepciones que consigna el referido diccionario es la que sigue: “colección de los habitadores en alguna Provincia, País o Reino”. Un sentido similar a otro que también se asignó a pueblo: “conjunto de gentes que habitan el lugar”. Si bien en ambas enunciaciones se alude al espacio y la gente que lo habita, la fuerza semántica recae en el componente humano, no en el territorial, como ocurre con patria, país y la otra acepción de pueblo que se mencionó. La diferencia entre nación y el segundo significado de pueblo se manifiesta cuando en el mismo diccionario se agregó que nación se relaciona con “el acto de nacer” y no sólo con el de habitar. Hay que aclarar que en los vastos territorios del imperio español, América incluida, solía usarse el término nación para indicar en qué comunidad había nacido una persona, pero sólo si ésta no era española. Por ejemplo, para identificar a los esclavos trasladados de África se decía que eran de nación conga, nación mozambique, nación angola, etc. También se usaba el vocablo nación para referirse a algunos grupos indígenas indómitos americanos que no se consideraban aún integrantes de la comunidad política española. Así, solía decirse nación apache, nación comanche, nación chichimeca, etc. En suma, se buscaba significar la pertenencia por nacimiento a una colectividad étnica y cultural distinta a la española. Así queda claro también en el Diccionario de Autoridades cuando informa que la referencia a la nación se usaba básicamente cuando se hablaba de extranjeros. Los nativos o naturales del imperio español, súbditos del rey, tenían patria -en el sentido ya explicado-; los extranjeros, los no nacidos fuera del imperio y quienes habiendo nacido en él aún no habían aceptado el vasallaje, tenían nación. Es verdad que implícitamente se reconocía que los súbditos de la Corona española también formaban una nación, pero rara vez se usaba abiertamente con ese sentido. Patria fue adquiriendo esa connotación.

Pese a las definiciones del Diccionario de Autoridades, hay indicios de que, al menos en el discurso político, la voz patria ya se usaba con su significado actual. Las rivalidades entre los imperios motivaron que las élites gobernantes se empeñaran en reforzar la identificación de los súbditos con el poder público. Se pretendía que los individuos experimentaran como personales las agresiones al imperio de que formaban parte. Con ese propósito se fue ampliando el término patria para que abarcara todo el espacio imperial. Se buscaba sublimar y extender el amor al terruño y a la familia a todo el territorio imperial y a la comunidad política que lo habitaba. En España la retórica que homologaba hogar y familia, componentes semánticos y culturales de patria, con la unidad imperial fue permeando poco a poco los imaginarios de los habitantes del imperio, en especial de los de España. Así lo sugieren las observaciones de Benito Jerónimo Feijoo a mediados del siglo XVIII. El filósofo español condenó las guerras en que morían millares de personas en nombre de una “deidad imaginaria” llamada patria. En su opinión, algunos de los provocadores o participantes en las contiendas bélicas estaban motivados por la búsqueda del estipendio y el despojo; otros, por mejorar de fortuna, ganando algún honor nuevo en la milicia, y los más por obediencia y temor al príncipe o al caudillo. Al que manda las armas le insta su interés y gloria. El príncipe o magistrado, sobre estar distante el riesgo, obra no por mantener la república, sí por conservar la dominación.

Es evidente que Feijoo aludía ya al uso demagógico de la palabra patria que se practica hasta la fecha.

Antes del siglo XVIII en el vasto imperio español era excepcional el uso de patria y nación como sinónimos; sin embargo, para esa centuria al menos en la península ibérica comenzaron a utilizarse de manera indistinta para referirse a la comunidad política imperial. Así se deduce también del referido discurso de Feijoo. El escritor se quejaba de la ausencia de un auténtico amor a la patria, es decir, al territorio y a la comunidad política española. En su lugar sólo veía “un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional”. De ahí se sigue que para Feijoo el verdadero patriotismo sería amor legítimo, y el nacionalismo, pasión desenfrenada. Esta amarga queja expresa el persistente anhelo de que las personas se vinculen afectivamente con una comunidad política y territorio de grandes dimensiones, con la misma intensidad y desinterés con que aman a su familia y al lugar específico de nacimiento.

Uno de los tópicos del liberalismo político durante el siglo XVIII fue la fundamentación de los Estados modernos. Para ello se resignificó y actualizó la teoría de la soberanía popular, según la cual ésta reside en el pueblo y no en el monarca. En un sentido amplio, se pensó al pueblo como el conjunto de habitantes de un Estado; significado similar al de nación, como ya se advirtió. De hecho, pueblo y nación se usaron indistintamente para referirse a la comunidad política componente del Estado, aunque el segundo se convirtió en el más común. La aspiración liberal era que a cada Estado le correspondiera una nación, en un sentido eminentemente político, más que cultural o étnico.

En España el lenguaje liberal adquirió una enorme visibilidad a partir de la crisis imperial que inició en 1808, la cual generó condiciones para revisar los fundamentos de la monarquía mediante la Constitución de Cádiz de 1812. En ella se incorporó plenamente el concepto moderno y liberal de nación. Importa insistir que en el mundo hispanoparlante la adopción de dicha voz fue resultado más del desarrollo del pensamiento político liberal, que del habla cotidiana de sus habitantes que utilizaban el de patria. Los súbditos españoles, ya convertidos en ciudadanos, no se identificaban con un concepto político abstracto, reservado en cierta media para los extranjeros, como el de nación. Algunos intelectuales españoles, incluidos los hispanoamericanos, se percataron de esa desconexión y buscaron tender un puente para salvarla. Para ello insistieron en homologar la voz patria con la de nación liberal. Quizá por eso en dicha constitución se indicó que era obligación de los ciudadanos amar y defender a la patria. Supusieron tal vez que así se facilitaría la identificación política de los ciudadanos, tanto entre sí como con el Estado.

Para principios del siglo XIX la palabra patria, como extensión del hogar y la familia, se había vuelto de uso corriente en el lenguaje político. Por ello, no sorprende que durante las guerras de independencia, tanto realistas como insurgentes se hicieran llamar patriotas. Evidentemente su idea territorial de la patria era distinta: los primeros pensaban en todo el imperio español, mientras que los segundos sólo en una porción de éste. En ese periodo se consolidó entre algunos políticos e intelectuales hispanoamericanos una concepción territorial intermedia de la patria que preludiaba los proyectos independentistas. En su opinión la patria no era la totalidad del espacio imperial hispano, pero tampoco el caserío, villa o ciudad en que se había nacido. Para algunos era el territorio americano bajo dominio español, la patria americana, dirían; para otros, remitía a jurisdicciones político-administrativas como un virreinato.

El peruano Vicente Morales Duanes, diputado en las Cortes de Cádiz, hizo una distinción entre patria política y patria natural. La primera estaba constituida por todo el imperio español, la segunda era el lugar de nacimiento que, en su caso se trataba del virreinato del Perú. La distinción tenía consecuencias políticas sustanciales. Los individuos debían lealtad a ambas patrias; no obstante, había una prelación clara: la patria natural estaba por encima de la política. La primera era irrenunciable, la segunda era resultado de un arreglo modificable e incluso derogable. Cuando Morales Duanes planteó semejante postulado no estaba proponiendo aún la independencia de los territorios españoles americanos, pero reconoció la posibilidad para ella. Acomodó el concepto a una realidad territorial y política que podría convertirse, como ocurrió, en una entidad independiente.

Es importante hacer notar que a pesar de que el concepto de patria tenía una añeja presencia en el habla de los hispanoamericanos, no se filtró en la carta constitucional mexicana de 1824. En ella se aludió a la comunidad política sólo como la nación o el pueblo. Es probable que la omisión de la voz patria obedeciera a que tenía un sentido más territorial que político, así como a la presencia que los términos nación y pueblo habían ganado en el lenguaje liberal, tanto en el mundo anglosajón, como en el francófono e hispano. En México, el término nación echó raíces en los textos constitucionales, tal como se evidencia en el artículo segundo de la Constitución vigente, en el cual se señala que la “Nación Mexicana es única e indivisible”, aunque enseguida aclara que tiene una “composición pluricultural”, adenda que responde a exigencias recientes. Sin embargo, en las constituciones de 1836, 1857 y 1917 se incluiría nuevamente la palabra patria -aunque de manera marginal-, básicamente con el mismo sentido que le fue asignado en la de Cádiz.

Es comprensible la preferencia por el término nación en el lenguaje constitucional, debido al anhelo de conformar las naciones inexistentes a principios del siglo XIX que debían dar contenido a los embrionarios Estados hispanoamericanos. Curiosamente, para fomentar el sentido de pertenencia a una comunidad política nacional se apeló poco al concepto de nación y mucho al de patria. Cada facción política presumía ser más patriota que su rival, al mismo tiempo que regateaban tal virtud cívica a las otras. Presentaban las confrontaciones políticas y militares, también como una lucha entre patriotas y antipatriotas. Esta retórica alcanzó su máxima expresión en los momentos de agresiones por parte de países extranjeros. El llamado a la defensa de la patria, no de la nación, fue el exhorto preferido de los políticos y militares a cargo de la defensa de la soberanía. Es sabido que no tuvo todo el éxito deseado, pero sin duda la apelación a la patria permitía un mayor grado de comunicación con la sociedad en virtud de su carga emotiva. La nación habitaba en los textos constitucionales, la patria era el suelo en que transcurría la vida cotidiana de los mexicanos.

Desde el periodo virreinal, la patria había adquirido un sentido predominantemente femenino: la madre patria, solían decir los españoles peninsulares para referirse a España. Esta analogía con lo femenino y particularmente con la maternidad se acentuó durante el siglo XIX. La patria siguió siendo madre, pero también se convirtió en hija cuando le asignaron padres. Dicha paternidad metafórica se concedió a quienes encabezaron las gestas que llevaron a la independencia, es decir, a unos cuantos. Los demás mexicanos eran hijos de la patria, tal como reza un verso del himno nacional, escrito en 1853. De esta manera, el amor a la patria se homologó al amor a la madre, uno de los sentimientos primitivos más fuertes en el ser humano y del cual se esperan las acciones más radicales, incluido el martirio. Durante el siglo XIX, también se reforzó el anclaje de la patria a la tierra, es decir, al hogar en cuyo seno se nace. Así, la patria se hizo equivalente al regazo materno, pero también al calor del sagrado hogar y, por tanto, a la familia. La patria, como la madre, como la tierra, es fuente de vida. Por tanto, el sacrificio más sublime es morir en su defensa; y el acto más nefando, traicionarla. Dicha acción se tipificó como delito en la constitución de 1857 y se alude a ella en el artículo 108 de la vigente.

El deseo de que los mexicanos amaran todo el territorio nacional y a sus habitantes con la misma intensidad que al terruño de nacimiento y a la familia sanguínea no fue fácil de cumplir. Incluso actualmente es discutible su realización. Para conseguirlo los intelectuales decimonónicos escribieron numerosas Historias Patrias, a veces con una estructura similar a la de los catecismos religiosos, es decir, con preguntas y respuestas. Otro recurso de pedagogía cívica fueron las representaciones iconográficas femeninas de la patria, casi siempre como una madre. La imagen más conocida data ya del siglo XX. La realizó Jorge González Camarena en 1962 para la portada de los libros de texto gratuito y que, luego de un periodo de ausencia, ha vuelto a estamparse en ellos.

En mi opinión la retórica cívico-política mexicana del siglo XIX era patriótica, más que nacionalista, aunque las diferencias entre una y otra a veces sean sutiles. El patriotismo apela al amor a la madre para enfrentar las fuerzas externas o internas que amenazaban con arrebatar la soberanía, la independencia o la integridad del territorio. El nacionalismo adquirió mayor importancia hasta el siglo XX, después de la Revolución, y se caracteriza por la exaltación de los valores juzgados como propios del carácter mexicano. En otras palabras, el patriotismo es el amor a la madre llevado a su máxima expresión: la entrega de la vida; mientras que el nacionalismo es el orgullo por lo que se considera propio, con el fin de inventar y afianzar una identidad ante los otros.

La exacerbación de la retórica nacionalista mexicana posrevolucionaria superó, pero no suprimió a la patriótica. Ésta sigue vigente, con viejos y nuevos significados. La patria ya no alude al terruño de nacimiento, para el cual se han acuñado nuevos vocablos como patria chica o matria. La patria alude al territorio nacional, pero su significado no es exclusivamente espacial. Continúa remitiendo a la familia, pero no a la nuclear, sino a la familia mexicana. A diferencia de la nación, que se reconoce como pluricultural, la patria conserva su uniformidad en el plano simbólico; es decir, guarda su sentido totalizante que obliga a estar con ella o contra ella. No hay puntos intermedios, porque en su seno no hay lugar para la diversidad. Fuera de ella todo es espurio. De ahí que resulte absurda la obsesión de muchos por convencer de que su ideología e intereses son idénticos a los de la patria. Quienes han creído conseguirlo, hoy forman parte de la memoria trágica reciente de la humanidad. En nombre de la patria las dictaduras militares latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX justificaron las atrocidades que cometieron contra los hijos ingratos. Quienes encabezaron dichos gobiernos, así como algunas organizaciones sociales que los apoyaron, se empeñaron en hacer creer, quizá porque de verdad lo creían, que realizaban sus acciones por dios y por la patria. Desde su punto de vista, no hay entidades más sagradas que éstas. Pero también los movimientos guerrilleros de inspiración marxista han compartido el fetiche: patria o muerte, solían decir, para advertir el riesgo de que el imperialismo estadounidense se apropiara del territorio y riqueza de las naciones. Las amargas experiencias producidas por las violaciones del suelo patrio confieren a dicha consigna la fuerza del llamado a defender el hogar y a la familia. Al final estas bien intencionadas personas también terminaron excluyendo, e incluso suprimiendo, a quienes opinaban distinto. En suma, en nombre de esta “deidad imaginaria”, como llamó Benito Feijoo a la patria en el siglo XVIII, se han cometido los actos más nobles, pero también los más viles. La transformación semántica que fue adquiriendo con el paso de los siglos permite estos usos, pero también la convirtió en una entelequia para la demagogia.

Resulta difícil evaluar si en el siglo XXI el amor a la patria se vive de manera similar al amor a la madre. Sobre todo, resulta muy difícil distinguirlo del nacionalismo inoculado a través del sistema educativo y los medios de comunicación masiva a lo largo del siglo anterior. Pese a ello, la presencia de la pasión patriótica es visible no sólo en el lenguaje cívico político, sino también en el jurídico. Como se dijo, en los textos constitucionales sancionados en México se otorgó más importancia al vocablo nación. No obstante, la inclusión del delito de traición a la patria hizo necesario definirlo. El artículo 123 del Código Penal Federal vigente estipula el delito de “traición a la patria”, entendido como los “actos contra la independencia, soberanía o integridad de la Nación Mexicana con la finalidad de someterla a persona, grupo o gobierno extranjero”. La expresión remite al sentido defensivo decimonónico del término patria, es decir, a la necesidad de defender el suelo patrio de enemigos externos que pretendan mutilarlo; pero también a la obligación de garantizar la independencia, unidad y soberanía de la comunidad política llamada nación. Pareciera que la patria es la nación. Esta obscura sinonimia expresa la dificultad que encaró la élite política decimonónica por construir la nación liberal. En ese afán tuvo que utilizar y resignificar un vocablo que ya era familiar para la mayoría de los mexicanos. Si bien la nación mexicana ya no es un simple concepto abstracto, en tanto que remite a una comunidad real articulada por el Estado, aunque pluricultural, no ha podido desligarse del concepto de patria con el cual compitió en desventaja por muchos años. Sospecho que éste nos seguirá acompañando porque aún conserva mucho del profundo sentido histórico: el amor a la madre y al terruño, que nunca tuvo el de nación. Por eso exalta más pasiones una denuncia de traición a la patria que a la nación. Por eso los políticos se erigen en adalides de la defensa de la patria y no sólo porque su traición esté tipificada como delito. El problema es que una familia sanguínea y nuclear no es idéntica a una imaginada familia nacional. Los líderes políticos no pueden equipararse a un pater familias, para determinar qué desea y conviene a una entelequia actualmente etérea llamada patria.

Lecturas recomendadas

Monguió, Luis, “Palabras e ideas: ‘Patria’ y ‘Nación’ en el virreinato del Perú”, en Revista Iberoamericana, vol. 44, núm. 104, 1978, pp. 451-470. (en línea)

Varela, Javier, “Nación, patria y patriotismo en los orígenes del nacionalismo español”, en Studia Histórica-Historia Contemporánea, vol. XII, 1994, pp. 31-43. (En línea)

Vázquez, Josefina Zoraida, Nacionalismo y educación en México, México, El Colegio de México, 2005.

Sugerencia para citar:

Hernández Jaimes Jesús, «Usos (y abusos) de la Patria», en Estante Abierto. Revista electrónica de historia y política, junio de 2026. [Consultado el día/mes/año] estanteabierto.com

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