Este texto fue publicado originalmente en Relatos e Historias en México, Editorial Raíces, año V, número 60, agosto de 2013, pp. 54-59.

Luego de la Revolución mexicana, la figura idealizada de Cuauhtémoc emergió revigorizada para molestia de hispanistas y algunos intelectuales en desacuerdo con la desmesurada retórica nacionalista. Los murales de los grandes pintores del momento fueron habitados por representaciones sublimadas de indígenas modernos y antiguos. Los poetas también posaron su mirada en ellos y les dedicaron emotivas loas.
En 1922 el gobierno de México encabezado por Álvaro Obregón, a propósito del centenario de la independencia de Brasil, obsequió al gobierno de aquel país una réplica de la estatua de Cuauhtémoc que, desde 1887, se ubica en la avenida Reforma de la Ciudad de México. Asimismo, se encargó a Luis González Obregón la escritura de una biografía del guerrero mexica, la cual se tradujo al portugués y se distribuyó amplia y gratuitamente en Brasil. La edición en español también apareció ese mismo año con el sello de la Secretaría de Relaciones Exteriores, cuyo titular era Alberto J. Pani. Los hispanistas no dejaron de expresar sus puntos de vista; primero con discreción, luego con no tanta.
En agosto de 1940 los diputados Alfonso Francisco Ramírez, Víctor Alfonso Maldonado e Ignacio Lizárraga propusieron que el nombre de Hernán Cortés se escribiera con letras de oro en el salón de plenos de la Cámara legislativa. Argumentaron que era tiempo de hacer justicia al “creador de la nacionalidad mexicana” y “honrando su memoria nos honremos a nosotros mismos”. Aclararon que ello no significaba que despreciaran las culturas indígenas del periodo prehispánico; todo lo contrario, sentían profunda admiración por ellas, pero México no era un “conglomerado de las razas primitivas, sino la síntesis de su amalgama con el elemento hispánico, que nos trajo su sangre generosa, las más puras esencias de la civilización occidental y un nuevo sentido de la vida, envueltos en el manto del más suntuoso idioma de la modernidad”. La propuesta fue desechada por el pleno de diputados.
En octubre de ese mismo año se fundó la Sociedad de Estudios Cortesianos con el propósito de aumentar los acervos del museo y biblioteca del Hospital de Jesús, así como fomentar los estudios sobre el conquistador español. Presidía dicha sociedad Rafael García Granados, miembro de la Academia Mexicana de Historia. El jurista Benjamín Trillo figuraba como presidente honorario. Como secretario se eligió al poeta e historiador hondureño Rafael Heliodoro Valle. Uno de los socios, el historiador José C. Valadés, propuso que la novel institución se diera a la tarea de buscar los restos de Cortés y reconstruir su túmulo funerario. No se pudo cumplir de inmediato con el propósito, pero se logró. En noviembre de 1946 la osamenta de Hernán Cortés fue localizada en el templo del antiguo Hospital de Jesús, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El hallazgo fue resultado de la tesonera búsqueda encabezada por los historiadores Francisco de la Maza y Alberto María Carreño, quienes contaron con el apoyo del secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet. Luego de los estudios científicos pertinentes se dictaminó que los huesos en efecto eran de Cortés y volvieron a depositarse en el mismo templo. Se colocó una placa informativa de bronce que hasta la fecha sirve de referencia.
Es importante apuntar que en 1947 se cumplieron cuatrocientos años de la muerte del conquistador, pero la efeméride no motivó conmemoración oficial alguna. El discurso nacionalista indigenista y antihispánico era hegemónico. Como una respuesta a quienes se empeñaban en reivindicar las raíces hispánicas de los mexicanos y la labor de Hernán Cortés, Diego Rivera pintó al conquistador como un individuo deforme en el mural que realizaba en 1951 en Palacio Nacional. Para ello se basó en el dictamen del criminólogo Alfonso Quiróz Cuarón, según el cual los huesos de Cortés tenían huellas de “evidentes estigmas degenerativos que corresponden a un padecimiento: el enanismo por sífilis congénita del sistema óseo”. Esta imagen obviamente contrastaba con otras en las cuales Cortés fue presentado como un idealizado noble renacentista parecido a Carlos V.
¿Los huesos que nos dieron patria?
En esa apasionada confrontación entre hispanistas e indigenistas se llevaron a cabo misiones para encontrar los huesos de diversos personajes históricos. Desde principios de 1946 comenzaron a aparecer notas en la prensa en las cuales se apuntaba que los huesos de Cuauhtémoc estaban sepultados bajo el altar mayor del templo de Santa María de la Asunción en Ixcateopan, pequeño pueblo próximo a Taxco, Guerrero, y donde, según una vieja tradición oral, había nacido el tlatoani mexica. Para verificar tal rumor, en marzo el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a instancias de un diputado federal guerrerense, formó un equipo encabezado por la antropóloga Eulalia Guzmán para realizar las excavaciones pertinentes. El 26 de septiembre de 1949 se anunció que la osamenta había sido localizada.
En el informe de Guzmán y su equipo se afirmaba que los huesos permitían inferir las siguientes características de la persona: “Veinticinco años de edad, atlético, de forma elegante y juvenil, de estatura elevada, de caracteres sexuales bien desarrollados, longitípico esténico de la variedad hipertiroidea, dolicocéfalo, miembros largos, cara ovalada, tez blanca, grandes ojos. Emotivo, irritable, de inteligencia precoz, de capacidad crítica notable, de todo afectivo dominante y apasionado y de funciones intelectuales lógicas”. Sin duda son demasiadas conclusiones a partir de unos huesos.
Tal como lo reseña la historiadora Felícitas López Portillo, en cuya obra me baso para reconstruir este episodio, en los siguientes meses se desató una verdadera idolatría por Cuauhtémoc. Se acuñaron monedas con su efigie. Su nombre fue escrito con letras de oro en la Cámara de Diputados y allí propusieron erigirle una estatua en alguna montaña del centro del país, de preferencia en el Bajío, desde donde velaría por todos los mexicanos. Los senadores sugirieron construirle un monumento bajo el cual se colocaría tierra de todas las zonas indígenas de México. En 1948 Héctor Pérez Martínez publicó su libro Cuauhtémoc. Vida y muerte de una cultura, el cual se convirtió en uno de los más vendidos.
Para corroborar lo dicho por Eulalia Guzmán, el INAH creó una comisión científica, la cual, el 14 de octubre de 1949, dictaminó que los restos óseos no correspondían a Cuauhtémoc. En realidad, pertenecían a cinco personas, incluidos niños y mujeres, sepultadas después del siglo XVI. Se afirmó que la placa de cobre que tenía la leyenda: “1525-1529. Rey e S. Coatemo”, que se encontró junto a ellos, había sido oxidada artificialmente. Desde la prensa se vilipendió a los notables que integraron la comisión. “Si los campesinos, indios sublimes que guardan la tumba del jefe, disparan sobre los negadores contra un muro de Ixcateopan, habrán hecho una obra de absoluta justicia histórica”, aseveró Diego Rivera.
Guzmán no se amilanó y continuó su cruzada cuauhtemista. Organizó a título personal otra comisión de expertos, quienes dictaminaron que la oxidación de la placa de cobre era consecuencia del tiempo; no había sido inducida. Sin embargo, tiempo después, uno de los comisionados confesó que en el documento que habían entregado “no hay una sola palabra que se pueda interpretar como un intento de determinar la mayor o menor antigüedad de la placa de cobre de la que proviene la muestra estudiada”. Por su parte, otro comisionado especialista en mecánica de suelos fue del parecer que el templo databa de 1539, pero la fosa en que estuvieron los huesos era anterior. Pese a ello, en el dictamen final, publicado a fines de 1949, se aseguró “que los restos humanos descubiertos por la maestra Guzmán, son de Cuauhtémoc, último rey y señor de los mexicanos, mártir y héroe supremo de la historia de nuestra patria”.
Como es de imaginar, el informe sólo alborotó más las pasiones de hispanistas e indigenistas y creó confusión entre quienes poco entendían del asunto. La disputa se había convertido en un asunto de Estado, por tanto, se hacía necesaria su intervención de manera más decidida para dirimirlo. Con el fin de desatar semejante nudo gordiano, el 6 de enero de 1950 la Secretaría de Educación Pública (SEP), encabezada por Manuel Gual Vidal, creó una tercera comisión. Quizá con el propósito de no ser tachados de antipatriotas y desdeñadores del pasado indígena, antes de partir a Ixcateopan los comisionados montaron una guardia de honor en la estatua de Cuauhtémoc de la avenida Reforma de la Ciudad de México. Eulalia Guzmán descalificó de antemano a la comisión con el argumento de que sus integrantes no estaban capacitados para la tarea encomendada, pues no eran otra cosa que “sabios de gabinete”. Advirtió que con ellos se impondría el criterio político sobre el científico.
En febrero de 1951 la tercera comisión dio a conocer su dictamen, que básicamente coincidió con el de la primera: los huesos no eran de Cuauhtémoc. Como era de esperar, Guzmán no ahorró palabras para demeritar el resultado. No faltaron quienes sostuvieron que era de interés nacional declarar que los huesos pertenecían a Cuauhtémoc, independientemente de los estudios científicos. La SEP, ante el peso de la opinión pública y el parecer de los especialistas, optó por deslindarse. Declaró que ante la dificultad para llegar a un acuerdo la investigación debía de considerarse abierta.
En efecto, en 1976 se creó una cuarta comisión encabezada por el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma. Según su testimonio, los integrantes fueron objeto de presiones de diversa índole. El dictamen coincidió con el de la primera y tercera comisiones: no existía “base científica para afirmar que los restos hallados el 26 de septiembre de 1949 en la iglesia de Santa María de la Asunción, Ixcateopan, Gro., sean los restos de Cuauhtémoc, último señor de los mexicas y heroico defensor de México-Tenochtitlan”. La SEP nuevamente se negó a dar por bueno el dictamen.
Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc
Los dictámenes negativos de las comisiones no fueron obstáculos para que continuara el proceso de deificación de Cuauhtémoc. El 1 de diciembre de 1949 las fuerzas armadas rindieron homenaje al guerrero mexica en su estatua ubicada en la avenida Reforma de la capital del país. Un año después se declaró que 1950 sería “el año de Cuauhtémoc”. En la Ciudad de México la calzada de la Piedad se convirtió en avenida Cuauhtémoc. Se montaron obras de teatro y espectáculos de danza que tenían al líder mexica como motivo central. El desfile del 20 de noviembre de dicho año se dedicó a su memoria. De hecho, del 7 al 20 de ese mes se celebró la Jornada Nacional de Homenaje a Cuauhtémoc. En mayo de 1951, en el Casino Español se le organizó un homenaje. El orador oficial fue Nemesio García Naranjo, quien, en un afán conciliador, afirmó que si bien los españoles “dejaron un pasivo moral inmenso”, éste “se equilibra con la obra portentosa que realizaron”.
El general Lázaro Cárdenas se sumó a la campaña de Eulalia Guzmán. El prestigio de que gozaba significó un apoyo notable. En abril de 1950 acudió a Ixcateopan acompañado de su adolescente hijo del mismo nombre que el líder mexica, y del general Francisco J. Múgica. Unos meses más tarde presidiría el recién constituido Comité Pro-Autenticidad de los Restos de Cuauhtémoc, que contaba con el apoyo del gobierno del estado de Guerrero y estaba integrado mayoritariamente por maestros de esa entidad. Parecía que el debate debía resolverse mediante un plebiscito y no a través de la ciencia.
La maestra Guzmán no sólo se ocupó en rebatir los dictámenes de las comisiones de expertos, sino también las opiniones de los hispanistas cuyo discurso era de carácter netamente ideológico. Destacan las polémicas con el clérigo y teólogo Jesús Guisa y Azevedo, apasionado defensor de la labor de conquista y evangelización de los españoles y acérrimo detractor de las culturas indígenas del periodo prehispánico. El clérigo condenaba los sacrificios humanos y, en general, calificaba sus prácticas religiosas de sanguinarias. Para Guisa y Azevedo resultaba aberrante que la exaltación de Cuauhtémoc estuviera acompañada por la construcción de la imagen de Hernán Cortés como “un bandido, un jefe de pandillas depredadoras, un réprobo vitando”. Con el mismo tono ideológico, Guzmán negaba que los indios hubieran practicado los sacrificios humanos y la antropofagia ritual y describía de manera idílica a las sociedades autóctonas de la etapa prehispánica.
Algunas personas como García Naranjo y Vasconcelos creían que tanto Cuauhtémoc como Cortés eran dignos de admiración, pero no dudaban en calificar al periodo colonial como una etapa de progreso respecto al periodo prehispánico. No faltaron opiniones que buscaban armonizar los extremos señalando que los dos personajes constituían los pilares de la nacionalidad; no obstante, la pasión y la diatriba caracterizaron el discurso tanto de hispanistas como de indigenistas.
Por desgracia, estas posiciones aún están presentes en el espacio público. Basta asomarse a algunos sitios de internet en los que se habla de historia mexicana. Tal pareciera que una parte de los mexicanos se empeña en continuar desdeñando nuestra herencia hispánica, mientras que otra repulsa la indígena. Algunos reconocen el doble legado, pero condenan uno para denostar al otro. El fundamentalismo es el único rasgo en común en estas perspectivas. Hay que dejar claro que cualquier intento por establecer la superioridad moral de alguna de las dos culturas obedece a posiciones e intereses ideológicos. Históricamente no es posible fundar posición alguna, salvo reconocer las singularidades y condiciones que las hicieron posibles.
Fuentes:
Felícitas López Portillo T., «Hispanismo e indigenismo: la polémica de los (verdaderos) huesos de Cortés y Cuauhtémoc», en Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, núm. 527, diciembre de 1994, pp. 22-29.
Felícitas López Portillo T., Tres intelectuales de la derecha hispanoamericana: Alberto María Carreño, Nemesio García Naranjo, Jesús Guisa y Azevedo, México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo / UNAM-Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe-Instituto de Investigaciones Históricas, 2012.
Josefina Muriel, «Divergencias en la biografía de Cuauhtémoc», en Estudios de Historia Novohispana, núm. 1, 1966. En línea: http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/novohispana/pdf/novo01/novo01.htm
Sugerencia para citar: Hernández Jaimes, Jesús, “La guerra de los huesos. ¿Cortés o Cuauhtémoc? Una controversia nacionalista”, en Estante abierto. Revista electrónica de historia y política, mayo de 2026. [Consultado el día/mes/año] estanteabierto.com
