Este artículo fue publicado originalmente en “ Relatos e Historia en México, Editorial Raíces, año XVIII, núm. 205, noviembre de 2025, pp. 42-51.

El 12 de junio de 1938, desde el Teatro Encanto del puerto de Tampico, Tamaulipas, el presidente de México, general Lázaro Cárdenas, dirigió un emotivo mensaje por radio a unas treinta mil personas reunidas en el Estadio Polar de La Habana, Cuba. El motivo: agradecer las expresiones de solidaridad con el pueblo y gobierno mexicanos en la disputa que mantenían con empresas trasnacionales y el gobierno de Estados Unidos a consecuencia de la expropiación petrolera del 18 de marzo de ese año. En las semanas siguientes se efectuaron otros actos de fraternidad con México en los locales del Ateneo Socialista España y del Centro Federalista Español de la capital cubana. Para corresponder a la solidaridad cubana, el gobierno mexicano invitó a Batista a que atestiguara los logros económicos y sociales de la Revolución Mexicana. ¿A qué se debían estos gestos solidarios con México de la Cuba gobernada con mano dura por el coronel Fulgencio Batista? En las siguientes páginas se narra la visita y se responde a esta pregunta.
De sargento taquígrafo a hombre fuerte de Cuba
El liderazgo de Fulgencio Batista emergió durante las movilizaciones populares en Cuba de septiembre de 1933, que obligaron a renunciar a Carlos Manuel de Céspedes, presidente provisional impuesto tres semanas antes por Estados Unidos en remplazo del dictador Gerardo Machado. La participación de militares de bajo rango en esa gesta popular, junto a obreros y estudiantes, propició que varios sargentos asumieran un papel protagónico, y de manera destacada el propio Batista. La fugaz Comisión Ejecutiva del Gobierno Provisional, conocida coloquialmente como la pentarquía, otorgó a este sargento taquígrafo el rango de coronel para que pudiera asumir la comandancia de las fuerzas armadas. Convertido súbitamente en el hombre fuerte de la isla caribeña, el coronel Batista designó a los hombres que ocuparon breve y sucesivamente la presidencia de la república de 1934 a 1940.
Los sucesos cubanos fueron vistos con beneplácito por el gobierno mexicano, en virtud de que las relaciones con el dictador Gerardo Machado habían sido muy complicadas. La amistad con el gobierno cubano se estrechó cuando el general Lázaro Cárdenas del Río asumió la presidencia de la república mexicana el 1º de diciembre de 1934, y se fortaleció aún más en los años siguientes.
En su carácter de gobernante de facto, de 1934 a 1940, Batista ejerció el poder de modo paternal y autoritario. Como señala la historiadora mexicana Felícitas López Portillo, en ese periodo se promulgó una moderada reforma agraria para dotar de tierra a los campesinos, se promovió la sindicalización de los obreros, se dispuso que al menos el 50% de los trabajadores de las empresas extranjeras fueran cubanos, se fijó un salario mínimo, se reguló el trabajo femenino e infantil para evitar su sobrexplotación, y se concedió el voto a las mujeres. Se emprendió también una campaña de alfabetización que tuvo como prioridad a los campesinos más marginados, para lo cual se utilizó al ejército creando la figura del soldado-maestro. Como el propio Batista reconoció en más de una ocasión, el programa de la Revolución Mexicana fue una de sus referencias para esas medidas. Al mismo, el gobierno cubano ejerció la represión contra los disidentes políticos, la cual incluía el encarcelamiento, tortura y ejecuciones extrajudiciales. En consecuencia, numerosos cubanos tuvieron que exiliarse, sobre todo en Estados Unidos y México.
El amigo de los trabajadores
A partir de 1937 el gobierno cubano, controlado tras bambalinas por Fulgencio Batista, disminuyó los actos represivos contra sus adversarios, con el propósito de ampliar su base de apoyo. Al siguiente año, para dotar de institucionalidad al sistema político convocó a un Congreso Constituyente, y desplegó una retórica con un hondo contenido social. De igual modo, apoyó la creación de una central obrera a semejanza de Confederación de Trabajadores de México (CTM), fundada en 1936 bajo el liderazgo de Vicente Lombardo Toledano y con el visto bueno del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas. En ese contexto, las expresiones de julio de 1938 en apoyo a la expropiación petrolera en México redituaron a Fulgencio Batista amplias simpatías entre la sociedad y gobierno mexicanos, de manera que mejoró significativamente su imagen no sólo en México sino entre amplios sectores de la izquierda latinoamericana.
Además de fundar la CTM, Lombardo Toledano realizó una intensa campaña para crear una central latinoamericana, aspiración que se materializó en septiembre de 1938 con la fundación de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL). Al congreso fundacional, realizado en la Ciudad de México, acudió una nutrida delegación cubana en representación de varias organizaciones de trabajadores. Ahí los cubanos se comprometieron a constituir su propia central. En efecto, la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) se constituyó el 28 de enero de 1939 con la asesoría de su contraparte mexicana. De hecho, al congreso fundacional acudió una delegación de la CTM compuesta por Fidel Velázquez, David Vilchis, Martín Sánchez, Cruz Patiño y el propio Lombardo Toledano, quien pronunció del discurso de clausura. Como apunta el historiador Patricio Herrera González, el evento fue cubierto de manera profusa por la prensa cubana la cual recogió las declaraciones de Lombardo Toledano, sobre todo, su llamado a la colaboración entre trabajadores y gobierno cubanos para conseguir la estabilidad del régimen y mejorar las condiciones de los primeros.
El comunista Lázaro Peña resultó electo como primer dirigente de la recién creada CTC. Este hecho es significativo, pues evidencia el protagonismo del Partido Comunista Cubano (PCC) en la creación de la confederación. Para ese momento, y como resultado de la política de distención de Batista, había cesado la persecución en contra de los comunistas de la isla. Por su lado, el PCC también buscaba el acercamiento con el gobierno, en consonancia de la directriz emitida por la III Internacional con sede en Moscú, y a la cual estaba afiliado. Según ésta, los partidos comunistas debían formar alianzas con organizaciones y gobiernos progresistas para enfrentar el fascismo. Así, la importancia de los comunistas dentro de la CTC no fue obstáculo para que la confederación albergara una pluralidad ideológica y de intereses gremiales. Esta convergencia de intereses fue aprovechada por Batista para reforzar su reputación en América Latina como gobernante preocupado por el bienestar de la clase trabajadora.
Batista en México
A fines de octubre de 1938, el gobierno de Lázaro Cárdenas envió a Fulgencio Batista la invitación para viajar a México, visita que se efectuó del 2 al 13 de febrero de 1939, es decir, sólo unos días después de que los dirigentes de la CTM estuvieron en Cuba. El coronel desembarcó en el puerto de Veracruz acompañado de su esposa Elisa Godínez, su pequeña hija Mirta, miembros de su Estado Mayor, de algunos funcionarios del gobierno y de periodistas de la Isla. Carlos Filio, reportero enviado por El Nacional, diario propiedad del gobierno mexicano, describió así al líder cubano:
Recargado sobre la borda de la proa del “México”, estaba el Coronel Batista vestido con el uniforme de coronel del Ejército Cubano, ostentando sobre el pecho, en el lado izquierdo, una condecoración de la que pendía áurea medalla. De complexión robusta, estatura regular, color oscuro, propio de la gente de los trópicos, mirada penetrante, sonrisa siempre a flor de labio, maneras desenvueltas, tiene un lenguaje fluido, expresa con facilidad sus pensamientos, demuestra ser a la vez sencillo y sincero; en una palabra, es altamente simpático.[1]
Le dieron la bienvenida el gobernador Miguel Alemán, el presidente municipal Sánchez Terrazas y, en representación de Lázaro Cárdenas, un general de apellido Sánchez. Recibió los honores militares propios de un Jefe de Estado y fue aclamado por unas siete mil personas, la mayoría obreros afiliados a la CTM. La comitiva se dirigió al palacio municipal desde cuyo balcón el huésped cubano pronunció un discurso en que llenó de elogios al presidente Cárdenas, al pueblo mexicano y a su Revolución, la cual, según sus palabras, ejercía influencia “en el ánimo y la voluntad de renovación de las democracias americanas”. Agregó que su gobierno seguía la misma política revolucionaria que el presidente Lázaro Cárdenas. Según sus palabras:
De esa experiencia amarga en sus inicios, pero fecunda en sus resultados, pueden aprovecharse hoy las democracias hermanas. La sangre que se derramó en México puede omitirse ahora en los otros pueblos del continente. Errores y triunfos son naturales en la lucha. México puede darnos sus años de sacrificios. Nosotros debemos de aprovecharlos como lección. El experimento de México puede servir de saludable ejemplo para llegar a un noble fin sin necesidad de imponerlo por la fuerza. Como México, nosotros buscamos hoy por la evolución, dentro del más pacífico empeño, pero de tesonera acción reformadora, la fórmula feliz de conseguir, con un trato equitativo, una razonable justicia social por la educación, por el trabajo, por la libertad y por el derecho.[2]
Ese mismo día, a las cinco de la tarde, Batista y su comitiva emprendieron el viaje rumbo a la Ciudad de México en el tren presidencial. Las muestras de aprecio de mexicanos y mexicanas se hicieron patentes en el trayecto, de manera que el tren paró más del tiempo usual durante las escalas en Córdoba, Orizaba y Apizaco, donde el coronel cubano tuvo que improvisar discursos. Dos mil quinientos integrantes de la policía montada del Distrito Federal, enfundados en trajes de charro y cubiertos con sarape rojo, formaron a la banderola una valla de 18 kilómetros a los lados de la vía del tren desde Santa Clara Coatitla, ubicada en el moderno municipio de Ecatepec, hasta la estación de Buenavista de la capital del país. En ese punto aguardaban varios contingentes militares, incluida la Banda de Guerra y Música del Estado Mayor, que interpretó los himnos de Cuba y México. También estaban presentes delegaciones de obreros de la CTM y de la Federación Regional de Obreros y Campesinos (FROC) con sus respectivos estandartes y carteles de bienvenida. El comité de recepción estuvo encabezado por el general Federico Montes, jefe de la policía del Distrito Federal, Luis I. Rodríguez, presidente del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), y el escritor michoacano José Rubén Romero, recién nombrado embajador de México en la Isla.
El domingo 5 de febrero, Batista y sus acompañantes fueron agasajados por las organizaciones obreras, populares y campesinas del PRM. Aproximadamente treinta mil obreros y burócratas marcharon del cruce de las avenidas de Bucareli y Juárez al zócalo capitalino. Batista observó el desfile desde el balcón central del palacio de gobierno del Distrito Federal. Luego se efectuó un mitin con discursos de varios líderes de los trabajadores que no ahorraron elogios para Batista y Cuba. Luis I. Rodríguez, presidente del PRM, afirmó que los trabajadores, campesinos y soldados mexicanos consideraban a Batista “un símbolo de las aspiraciones del proletariado cubano” e hizo votos para que se convirtiera en “un nuevo campeón que luche por la liberación de las masas trabajadoras de su país”. De igual modo, señaló que Cárdenas y Batista eran tan importantes para sus países como Benito Juárez y José Martí en el siglo anterior. En su turno, Vicente Lombardo Toledano afirmó que “La visita del coronel Batista tiene el carácter de una promesa, ya que va por el camino de la democracia y nuestro pueblo no lo hubiera recibido como lo ha hecho si no supiera que Batista mejorará la situación del proletariado de su país”.[3]
En la mañana del lunes 6, en compañía del embajador de Cuba en México, José Manuel Carbonell, y del general Federico Montes, Batista acudió al estadio nacional para admirar un festival deportivo que organizó para él la Dirección de Educación Militar. Luego, asistió a una comida privada que le brindó el presidente Cárdenas en el Castillo de Chapultepec. Según consigna la historiadora Felícitas López Portillo, ante la negativa del comandante de las fuerzas armadas de Cuba a que le rindieran honores de Jefe de Estado, Cárdenas le reprendió cortésmente diciendo: “Ahora mando yo, y es a Cuba a quien usted representa”.
El viernes 10 de febrero por la mañana Batista visitó el Palacio de Bellas Artes. Luego se dirigió a la cámara de representantes populares, donde diputados y senadores celebraron una sesión extraordinaria solemne para recibirle. Correspondió al diputado Luis Flores realizar la salutación del caso. Se refirió a Batista como “fuerte representativo de la inquietud revolucionaria de nuestra época en su país”. Por su parte, Batista reiteró que la democracia y revolución mexicanas eran un ejemplo para América. Se refirió a la crisis económica que atravesaba su país y advirtió que se analizaba cómo resolverla “sin lesionar los intereses extraños, pero tendiendo a la nacionalización de la economía”. A propósito de la guerra civil española, aseguró que Cuba adoptaría la misma postura que había “sostenido gallardamente México”.[4]
El martes 7 tocó a la Secretaría de Educación Pública agasajar a Batista. Fue llevado a Teotihuacán en compañía de Alfonso Caso, director del Instituto de Arqueología y Etnografía, quien fungió como anfitrión. Por la tarde presenció un festival artístico deportivo en el estadio Salvador Camino Díaz del Instituto Politécnico Nacional. Al día siguiente viajó a Jojutla, Morelos, acompañado del gobernador del estado, Epitacio R. Perdomo, y del presidente Cárdenas, para conocer los ingenios azucareros. De ahí se trasladaron a Cuernavaca donde fueron halagados por el gobernador Perdomo con una comida en el Hotel de la Selva.
El domingo 12 de febrero Batista abordó el automóvil que lo llevó de regreso al puerto de Veracruz. Le acompañaron en el viaje, Luis I. Rodríguez, el coronel Ignacio Beteta, los generales Francisco Montes, y Salvador Sánchez, representante del Secretario de la Defensa Nacional. Seis motociclistas de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas constituyeron su escolta. Realizó una parada en la ciudad de Puebla para atender una invitación del general Maximino Ávila Camacho, y otra en Jalapa, a instancias del gobernador veracruzano Miguel Alemán. A día siguiente zarpó rumbo a La Habana, con una escala en Nueva York.
A su arribo a Cuba, cuenta el historiador Patricio Herrera González, Batista fue recibido por una multitud de trabajadores de la CTC. El comunista Lázaro Peña, dirigente de esta confederación, le expresó su beneplácito por las reformas legislativas en favor de los trabajadores, quienes aspiraban a una “plena democracia” y a la independencia de los monopolios extranjeros, que les explotaban con la complicidad de las “fuerzas retardatarias” de la isla. Los trabajadores cubanos, afirmó Peña, anhelaba una “Cuba libre y feliz, plena de derechos para el pueblo, en la seguridad de que la inmensa mayoría del país estará en pie, siempre dispuesta a ratificar y a defender, con su voluntad y con su fuerza, todo lo que a favor de la colectividad sea realizado”. En contrapartida, los opositores advirtieron que la visita de Batista a México, la política social y la alianza con los comunistas cubanos, evidenciaban las tendencias comunistas del gobierno cubano. Obviamente era un señalamiento por demás exagerado.
El último tramo de actividad política
El 10 de octubre de 1940 entró en vigor la nueva constitución cubana, con un amplio consenso ciudadano, gracias en gran medida a su contenido social que le valió ser considerada como una de las más avanzadas de América Latina, semejante a la constitución mexicana de 1917. Ese mismo día Batista tomó posesión como presidente constitucional, luego de triunfar en las elecciones. De esta manera, el líder cubano formalizó y legitimó su gobierno para el cuatrienio de 1940 a 1944.
Durante su gobierno, Batista mantuvo excelentes relaciones con el de México, encabezado por Manuel Ávila Camacho. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial y como aliados contra los países del Eje Roma-Berlín-Tokio, en 1943, el gobierno mexicano envió petróleo y frijol a los cubanos. Ese mismo año, como indica el historiador Felipe Andrés Nesbet Montecinos, 19 oficiales cubanos fueron condecorados por el Ejército mexicano. En correspondencia las fuerzas armadas cubanas hicieron lo mismo con algunos oficiales de las fuerzas armadas mexicanas. Al año siguiente se realizaron elecciones en Cuba de las cuales resultó triunfador el candidato de la oposición, Ramón Grau San Martín, las cuales fueron presentadas en la prensa mexicana como ejemplos de democracia, incluso para México. Batista entregó el poder dando muestras de su apego a la constitucionalidad y a las instituciones que había contribuido a establecer. Ello enalteció aún más su figura ante la opinión pública mexicana y latinoamericana.
Unos meses después de dejar la presidencia de Cuba, Batista realizó un periplo por algunos países de América Latina, que incluyó a Chile, Perú, Bolivia, Uruguay, Brasil, Venezuela y México. En ellos fue acogido como huésped de honor por los respectivos gobiernos y homenajeado por las organizaciones obreras. En México, como muestra del aprecio que gozaba, a pesar de que no ostentaba ninguna representación oficial, fue recibido por el propio Secretario de Relaciones Exteriores, Ezequiel Padilla y el subsecretario de la Defensa Nacional, Francisco L. Urquiza, así como por el cantante y actor Jorge Negrete; y por el también actor, escritor y director de cine, René Cardona. El expresidente y general Lázaro Cárdenas lo invitó y acompañó a Michoacán. En Guadalajara fue objeto de varios honores por parte del gobernador de Jalisco, el general Marcelino García Barragán, quien le organizó un desfile militar. De regreso a la Ciudad de México fue agasajado por el secretario de Comunicaciones y Transportes, Maximino Ávila Camacho. El presidente mexicano, Manuel Ávila Camacho, le invitó a jugar una partida de polo en el campo militar Anáhuac y a almorzar a su residencia oficial de Los Pinos. A propósito de su visita, el escritor zacatecano Mauricio Magdaleno, se refirió a Batista en el periódico El Universal del 20 de febrero, como un “ejemplo cubano, ejemplo de revolucionario, ejemplo de estadista y ejemplo de patriota”.
A fines de agosto de aquel mismo año, Batista volvió a México, invitado para presenciar las fiestas patrias. Fue recibido en el aeropuerto de la capital mexicana por el general Cristóbal Guzmán Cárdenas, subjefe del Estado Mayor, por Rafael Fuentes, jefe de Ceremonial de la Secretaría de Relaciones Exteriores, por el teniente coronel Luis Viñals Carsi, subjefe de Estado Mayor, en representación del presidente de la República, así como por un representante del general Lázaro Cárdenas.
Estas expresiones de aprecio muestran que la reputación de Batista en 1945, tanto dentro como fuera de Cuba, era muy diferente a la que adquirió a partir de 1952, cuando retomó el poder mediante un golpe de Estado, suprimió la constitución que él mismo había promovido, y gobernó de manera abiertamente dictatorial. Esta imagen negativa fue ampliada y exaltada por el gobierno emanado de la revolución triunfante de 1959 como estrategia para reforzar su legitimidad. El caso permite comprobar que la trayectoria política de los sujetos históricos suele estar supeditada a vaivenes y cambios de opinión, de manera que la reputación del último tramo de actividad política suele encubrir e, incluso, borrar la de los periodos previos. Así, la representación de Batista como dictador, forjada de 1952 en adelante, ensombreció toda su trayectoria política y muy pocos recuerdan los años en que se le pensó, también de manera exagerada, como el emulador en Cuba de las transformaciones sociales de la Revolución Mexicana.
[1] Carlos Filio, “Su estancia en el puerto, muy grata”, en El Nacional, 3 de febrero de 1939, p. 8.
[2] “El coronel F. Batista saluda a la nación al pisar tierra Mexicana”, en Excelsior, viernes 3 de febrero de 1939, pp. 1 y 3.
[3] “El jefe cubano ocupó un balcón del Palacio Municipal de México, D. F.”, en El Informador, 6 de febrero de 1939, pp. 1 y 8.
[4] “Una sesión de honor del Sr. Coronel D. Fulgencio Batista”, en El Informador, 11 de febrero de 1939, pp. 1 y 5. “Fulgencio Batista declara al congreso de México que no es el dictador de Cuba”, en Excelsior, sábado 11 de febrero de 1939, pp. 1, 4, 10 y 11.
Para saber más
Herrera González, Patricio, “Desplazando a las» fuerzas retardatarias»: La Confederación de Trabajadores de América Latina y sus primeras acciones sindicales en Cuba, 1938-1939”, en Historia (Santiago) vol. 50, no. 1, 2017, pp. 105-120.
López Portillo Tostado, Felícitas, “La visión mexicana acerca de los gobiernos de Fulgencio Batista (1933-1944)”, en Contribuciones desde Coatepec, núm. 8, enero-junio 2005, pp. 135-155.
López Portillo Tostado, Felícitas, Cuba en la mirada diplomática mexicana: de Fulgencio Batista a Carlos Prío Socarrás (1933-1952), México, UNAM, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, 2008.
Nesbet Montecinos, Felipe Andrés, “México y Batista: de la sincera amistad a la fría desconfianza”, en Ulúa. Revista de historia, sociedad y cultura, no. 18, 2011, pp. 81-98.
Sugerencia para citar:
Hernández Jaimes, Jesús, «De revolucionario a dictador. El cubano Fulgencio batista y su proyecto de gobierno emanado de la Revolución mexicana”, en Estante Abierto, Revista electrónica de historia y política, julio de 2026. [Consultado el día/mes/año] estanteabierto.com
