CUBA ¿PROVINCIA MEXICANA?

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Cuando inició de la construcción del Estado mexicano una parte de la clase política e intelectual creía que México debía ocupar el lugar que en Hispanoamérica había dejado el decadente imperio español. Soñaban a México como un imperio en más de un sentido. No sólo tenían el deseo de adoptar una forma de Estado encabezada por un emperador, sino también de que éste imperara y ejerciera su hegemonía sobre un territorio vasto, más allá de las difusas fronteras. Estaban convencidos de que el novel país podía y estaba destinado a ocupar un lugar prominente en el concierto de las grandes potencias del orbe. Este sueño imperial fue alimentado por la desbordada confianza en el potencial económico del territorio antes novohispano, al cual se esperaba agregar los de las capitanías de Yucatán, Guatemala y Cuba.

La cuestión cubana en la diplomacia mexicana durante la década de 1820

En ese marco hay que entender las pretensiones mexicanas de intervenir en el destino de Cuba a lo largo del siglo XIX. Un precedente de la idea de que el futuro de la isla y México debía de ser uno solo, se encuentra en el proyecto para la formación de un Congreso Nacional de la Nueva España, redactado en 1808 por Melchor de Talamantes. En el imaginado órgano representativo, que debía asumir la soberanía ante la ausencia de Fernando VII, participarían seis diputados cubanos y tres puertorriqueños. Como se sabe, dicho proyecto no se materializó.

En 1822 la idea de la anexión de Cuba a México, o al menos la intervención mexicana para independizarla y ponerla bajo su protección, había tomado forma. En ese punto coincidían Agustín de Iturbide y algunos de sus acérrimos críticos, como Servando Teresa de Mier. Para el primero, el riesgo de que la isla cayera en manos de Gran Bretaña o Estados Unidos era razón para que el gobierno mexicano ofreciera a los cubanos “una íntima unión y alianza para la común defensa”. Más contundente fue el republicano Mier cuando escribió: “En realidad poco puede valer la Cuba sin México, y toda la importancia de esos átomos que se llaman Antillas, ha de cesar luego que se abra a la comunicación la inmensidad del continente; pero México tampoco debe prescindir de La Habana, que es la llave de su seno”.

El proyecto para incorporar o independizar Cuba sobrevivió a la renuncia de Iturbide como emperador de México en marzo de 1823. En los meses siguientes arribó al país Patrick Mackie, enviado del gobierno británico, quien tenía la encomienda de averiguar cuál era la situación política en México y evaluar la conveniencia de reconocer su independencia. El gobierno provisional mexicano comisionó a Guadalupe Victoria para reunirse con Mackie a principios de agosto de 1823 en Jalapa. El futuro de la isla de Cuba fue tema de conversación. Victoria preguntó al enviado británico cuál sería la postura de su gobierno si México se anexaba la isla, es decir, que se contemplaba esta opción.

En julio del año siguiente Lucas Alamán, secretario de Relaciones Interiores y Exteriores de México, instruyó a José Mariano de Michelena, representante en Gran Bretaña, acerca de la postura mexicana ante la cuestión cubana. El principio general sería favorecer la independencia de todas las posesiones españolas en América. En consecuencia, Michelena debería esforzarse para que ese punto no se discutiera durante la negociación del reconocimiento español hacia los países hispanoamericanos que ya habían conquistado su independencia. Se pretendía generar condiciones para promover la independencia de las posesiones españolas en el Caribe, sin la intromisión de los países europeos. Si no conseguía este propósito, Michelena debía evitar que se impusiera al gobierno mexicano el compromiso de no reconocer la independencia de Cuba y Puerto Rico en caso de que la consiguieran con sus propios recursos. No obstante, si las negociaciones tomaban un rumbo distinto, debía preferirse el reconocimiento español y la amistad de las potencias europeas. En otras palabras, en opinión de Alamán, la promoción de la independencia de las islas caribeñas, aunque deseable, era prescindible.

Michelena trató el tema de Cuba con Joseph Planta, subsecretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña. La disertación del enviado mexicano partió de la premisa de que era inevitable e inminente que la isla se separara de España. La incógnita era si los cubanos podrían sostener su independencia por sí mismos o si se incorporarían a otro país hispanoamericano. Michelena no contemplaba la probabilidad de que Cuba se sujetara al dominio de una potencia europea o a los Estados Unidos. En caso de que tuviera que integrarse a otro país hispanoamericano, sostuvo que México contaba con mayores argumentos para reclamar ese privilegio. La historia común de Cuba y la Nueva España, así como la misma geografía sustentaban semejante pretensión.

Debido a que en las instrucciones que Alamán entregó a Michelena nada se dijo acerca de la conveniencia de anexar Cuba a México, se ignora si la opinión del segundo fue iniciativa personal o si contaba con el respaldo del primero. Puesto que en comunicaciones posteriores Alamán no se pronunció en favor de la anexión de la isla, aunque sí de su independencia, es probable que Michelena haya actuado motu proprio. Por otro lado, hay abundantes pruebas de la existencia de numerosos partidarios mexicanos de la anexión y de que actuaban en consecuencia.

En agosto de 1824 se echó a andar un proyecto mexicano para independizar o anexar Cuba. El gobernador y comandante general de Yucatán, Antonio López de Santa Anna, solicitó autorización, así como apoyo militar y financiero al Supremo Poder Ejecutivo para invadir e independizar la isla. Argumentó que tenía noticias de que “la opinión por la independencia se ha generalizado, no solo entre los criollos, sino entre los españoles liberales”. Creía que la tarea de independizar a Cuba correspondía exclusivamente a México, como a Colombia tocaba hacer lo mismo con Puerto Rico. El plan era realizar la invasión a más tardar en la primavera de 1825. La propuesta del joven general Santa Anna no tuvo eco en el gobierno nacional, que la desechó, y encontró una fuerte resistencia de parte de la élite yucateca.

Santa Anna no cejó en su empeño. Una vez que su paisano Guadalupe Victoria fue elegido presidente constitucional de México a fines de 1824, le escribió para exponer de nuevo su proyecto. Tampoco en esta ocasión tuvo éxito, aunque se sospecha que Victoria era partidario del plan. De hecho, durante su residencia en Jalapa había fundado –o al menos participado- en la sociedad masónica conocida como la Gran Legión del Águila Negra, cuyo propósito principal era la independencia de Cuba. También existe la presunción de que Santa Anna estuvo involucrado en la formación en la Ciudad de México de una Junta Promotora de la Libertad Cubana. Ésta fue constituida en julio de 1825 por varios cubanos independentistas exiliados en México, luego de un fallido intento de insurrección en la isla. De acuerdo con la versión de Lorenzo de Zavala, el propósito de la junta era conseguir la independencia con el apoyo mexicano. Según este mismo autor, contaban con la simpatía del presidente Victoria y buscaron el respaldo de generales y congresistas. Apoyados en sus relaciones, en octubre de 1825, los cubanos hicieron llegar al Senado una iniciativa para organizar un Ejército Protector de la Libertad Cubana.

Entre aquella fecha y en marzo de 1826 se discutió ampliamente la conveniencia de enviar una expedición mexicana a Cuba. Las opiniones se dividieron. El presidente Victoria, la mayoría del Senado y algunos publicistas alentaban el plan. La oposición se concentró en la cámara de diputados y entre ciertos publicistas. Como no se consiguió el voto mayoritario en ambas cámaras el proyecto se desechó. Las objeciones fueron de carácter financiero y político. Los opositores creían que la empresa pondría en riesgo la frágil estabilidad política interna y abrumaría las precarias finanzas públicas. Por otro lado, en noviembre de 1825 se rindieron las tropas españolas acantonadas en el castillo de San Juan de Ulúa, de modo que se anuló el argumento de que la toma de la isla era indispensable para desalojar de territorio nacional a los últimos soldados hispanos.

Otra razón por la cual no prosperó el proyecto de invadir Cuba -según Zavala más importante que las anteriores- fue la oposición de Estados Unidos y Gran Bretaña. Los gobiernos de ambas potencias juzgaron que convenía más a sus intereses que la isla continuara bajo la férula hispana. El primero no ocultaba su interés por anexarse el territorio cubano, pero sabía que si lo hacía enfrentaría la oposición de otras potencias. La guerra podría ser una consecuencia que no deseaba. El segundo, además de preocuparse por mantener el equilibrio político militar en el Caribe, temía que una insurrección independentista en la isla abriera la puerta a un levantamiento de los esclavos negros y mulatos, con el riesgo de que se extendiera a las posesiones británicas. De ahí su decidida oposición a las aspiraciones independentistas o anexionistas que se originaron en México y Colombia.

Pese a la oposición de las potencias extranjeras y a la dificultad para construir un consenso interno, durante el tiempo que duró la administración de Guadalupe Victoria subsistió la idea de acabar con el dominio español sobre Cuba. A ello contribuyó el temor a un intento de reconquista española desde la isla, como en efecto ocurrió en el verano de 1829. Numerosos cubanos asentados en México, Estados Unidos y en la isla misma se esforzaron en conseguir el apoyo y el consenso dentro del Congreso mexicano. Sus esfuerzos se vieron recompensados en mayo de 1828 cuando el órgano legislativo autorizó al Ejecutivo a enviar tropas fuera del territorio nacional. Por desgracia para ellos, la negativa de Vicente Guerrero a reconocer el triunfo de Manuel Gómez Pedraza durante la elección presidencial y la consecuente rebelión armada impidieron concretar el proyecto de tomar la isla por asalto.

A principios de 1829, la administración del presidente Vicente Guerrero encargó de manera secreta y verbal “algunas comisiones al Coronel [José Ignacio] Basadre que podrían, si se llevaban al cabo, atraer disgustos a la federación”.Tal parece que sus instrucciones consistían en conseguir el apoyo del presidente haitiano Jean-Pierre Boyer en caso de que el gobierno mexicano decidiera atacar Cuba; de igual modo, debía sondear la posibilidad de promover una rebelión de la población negra y mulata cubana. Esta estrategia era compartida abiertamente por funcionarios del gobierno federal como el secretario de Relaciones Interiores y Exteriores, José María Bocanegra y el embajador de México en Gran Bretaña, Vicente Rocafuerte. Como se sabe, el gobierno de Guerrero duró poco menos de nueve meses y su sucesor, Anastasio Bustamante, ordenó a Basadre suspender su encomienda y retornar a México.

Cuba y el reconocimiento español de la independencia mexicana

En 1830 Lucas Alamán asumió de nuevo la secretaría de relaciones interiores y exteriores, y retomó la cuestión cubana para negociar el reconocimiento español de la independencia mexicana. En una carta de 28 de enero, instruyó a Manuel Eduardo Gorostiza, representante en turno en Gran Bretaña, que comunicara al gobierno británico que el mexicano estaba decidido “a poner un freno a las hostilidades con que nos amenaza el Gobierno Español desde dicha Isla”. Alamán estaba convencido que México tenía legítimas razones para invadir Cuba, debido a la amenaza que la presencia española significaba para la independencia nacional. No obstante, también sabía que dicha acción militar encontraría la oposición de las potencias europeas y de Estados Unidos. De ahí que su estrategia consistiera en amagar con la invasión y presionar así al gobierno británico para que persuadiera a su contraparte española de otorgar el reconocimiento. Tanto Gran Bretaña como España tenían mucho que arriesgar con una guerra.

El gobierno británico temía que una invasión hispanoamericana a Cuba afectara sus intereses en el Caribe. Se interrumpiría el comercio en la zona, y, sobre todo, podría ocurrir un levantamiento de esclavos tanto en Cuba como en sus posesiones, en especial en Jamaica. El representante mexicano aclaró que en caso de que su gobierno decidiera atacar Cuba, por sí solo o de consuno con el de Colombia, las autoridades británicas nada debían temer. La administración de Bustamante no necesitaba promover la insurrección de los negros cubanos para derrotar a las fuerzas españolas. Los recursos propios bastarían para conseguir este propósito. Además, coincidía con el gobierno británico en que una insurrección de la población de ascendencia africana en Cuba podría tener efectos no deseados. La administración de Anastasio Bustamante, agregó Gorostiza, había dado “bastantes pruebas de su moralidad para que se le supusiera tal proyecto”. Estas expresiones constituían, pues, un compromiso del gobierno mexicano de no cometer la “inmoralidad” de azuzar a los negros contra sus amos; ni en Cuba ni en las demás Antillas. Sin embargo, dejaba subsistente la amenaza de invadir la isla mientras la Corona española no otorgara el reconocimiento que deseaba el gobierno mexicano. Por consiguiente, subsistía el riesgo y temor a un levantamiento generalizado de negros y mulatos en todo el Caribe.

Si el gobierno español otorgaba el reconocimiento a todos los países hispanoamericanos independientes, el mexicano se comprometía a no apoyar ni fomentar acción alguna dentro de Cuba tendiente a independizarla. No obstante, advirtió sobre la probabilidad de que surgiera una insurrección al interior de la isla sin intervención externa. De nuevo se planteaba la dificultad de que Cuba permaneciera por mucho tiempo sometida a España. Sin embargo, a diferencia de la década de 1820, el gobierno mexicano ya no estaba convencido de que la independencia de la isla abonara en favor de sus intereses.

Desde la perspectiva de Alamán la independencia de Cuba, aunque probable, no era conveniente para México ni para los mismos cubanos. De realizarse, existía el riesgo de que cayera en poder de Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos, cuyos deseos de anexarse la isla eran conocidos. Mejor sería, dijo el ministro mexicano, “que se conserve unida a España, que ni tiene influencia marítima ni pesa hoy en la balanza política, sino como potencia de 2º o 3er. Orden”. Además, la independencia e intromisión de alguna de aquellas potencias obligaría a los mexicanos, o al menos a su gobierno, a plantearse el dilema de si deberían acudir en defensa de los cubanos o mantenerse al margen. Alamán sabía muy bien que las ligas económicas y afectivas que unían a México con la isla dificultarían la neutralidad. Por otro lado, según dijo, México no albergaba intenciones reales de anexarsela. Por supuesto, si España mantenía su reticencia a reconocer la independencia, los mexicanos podrían llevar a cabo la invasión anunciada. En ese caso, la guerra y sus consecuencias serían culpa del gobierno de España, por su absurdo deseo de someter a los hispanoamericanos que ya gozaban de su independencia. De este modo, Alamán hacía suya la postura de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, de que la isla continuara bajo dominio español.

Del discurso de Alamán se infiere que no deseaba iniciar una guerra con España en suelo cubano, es decir, su discurso belicista era mera estrategia diplomática o simulacro, según sus propias palabras. Gorostiza compartía el punto de vista de Alamán y se encargó de hacerlo saber al gobierno británico. No obstante, parece que el representante mexicano en Londres comenzó a inclinarse por asaltar de verdad la isla caribeña. En carta de mayo de 1831 propuso a Alamán atacar sin aviso previo. Una vez dado el golpe, “tendrán que tragarlo, y reconocer al cabo nuestro derecho como beligerantes”. Si la administración de Bustamante juzgaba inconveniente esta propuesta, entonces al menos debían enviarse algunas tropas. “Metamos bulla –dijo Gorostiza-, proclamemos, y persuadamos sobre todo a Mr. Packenham [ministro del exterior de Gran Bretaña], que va de veras”. Evidentemente, el representante mexicano en Londres juzgaba que el gobierno británico no hacía lo suficiente para convencer a España de que reconociera la independencia.

Con excepción de un fallido encuentro en 1822, los gobiernos mexicano y español no tuvieron un acercamiento directo para negociar el reconocimiento de la independencia. Desde 1825 Gran Bretaña fungió, sin éxito, como intermediaria. El gobierno de México exigía el reconocimiento incondicional, mientras que el de España se negaba a concederlo, aunque en algunos momentos insinuó que podría acceder a cambio de una indemnización, a lo cual el primero se negó. La muerte de Fernando VII en 1833 y el ascenso de su esposa María Cristina, en calidad de regenta, tuvo como consecuencia que se hicieran cargo del gobierno español individuos partidarios del reconocimiento. Luego de varios meses de negociaciones en Londres durante 1835 y 1836, a cargo de Miguel de Santa María, en representación de México y de José María Calatrava, de España, se sentaron las bases para el arreglo.

El acuerdo de paz y amistad, que incluía el reconocimiento de la independencia mexicana, conocido como Tratado de Santa María-Calatrava, se firmó el 29 de diciembre de 1836. España renunció a toda pretensión de indemnización. A cambio, en una cláusula secreta, resultado quizá de la presión británica, el gobierno mexicano se comprometió a no promover la independencia de las posesiones españolas del Caribe y a reprimir cualquier intento en ese sentido que surgiera en su territorio.

La independencia cubana funcionó, pues, como una moneda de cambio entre España y México. Se impuso en el lado mexicano la postura de Lucas Alamán, de renunciar a apoderarse o apoyar la independencia de la isla, a cambio del anhelado reconocimiento español. No obstante, el carácter secreto del acuerdo sugiere que se temía una reacción adversa en México, es decir, que se reconocía la subsistencia de partidarios de independizar Cuba desde este país o de anexarla al territorio nacional. Dicha cláusula sirvió de freno a este grupo de individuos mexicanos y cubanos, pero no los acalló. Es verdad que su número había disminuido para 1836, pero continuaron manifestándose esporádicamente hasta 1898. Ese año el vetusto imperio español recibió el tiro de gracia cuando fue derrotado por los Estados Unidos y consecuentemente perdió sus últimas posesiones coloniales en América, pero también quedó sepultado definitivamente el sueño de una Cuba mexicana. Había iniciado la era de la hegemonía estadounidense sobre Cuba.

Bibliografía utilizada y recomendable

Chávez Orozco, Luis (prólogo), Un esfuerzo de México por la independencia de Cuba, (compilación documental), México, Editorial Porrúa, 1971.

López Roux, María Eugenia (estudio introductorio y coordinación), El reconocimiento de la independencia de México, (compilación documental a cargo de Roberto Marín), México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 1995.

Rojas, Rafael, Cuba mexicana. Historia de una anexión imposible, México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2001.

Sugerencia para citar este artículo

Hernández Jaimes, Jesús, “Cuba ¿Provincia mexicana?”, en Estante Abierto. Revista electrónica de historia y política, noviembre de 2020. [Consultado el día/mes/año] estanteabierto.com

Con ligeras modificaciones este artículo se publicó originalmente en Relatos e Historias en México, Editorial Raíces, año VII. Núm. 79, pp. 48-59. 2015, ISSN 20070616. Se reproduce aquí con autorización de los editores.

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