Este artículo fue publicado originalmente en Relatos e Historias en México, INAH, Editorial Raíces, vol. V, núm. 52, octubre de 2012, pp. 64-74. ISSN 20070616

Mapa tomado de https://es.wikipedia.org/wiki/Lago_de_Texcoco#/media/Archivo:Basin_of_Mexico_1519_map-es.svg
INTRODUCCIÓN
En el Valle de México se ubicaban siete lagos, casi todos conectados entre, sí hasta el siglo XVI. Al norte estaban el de Zumpango, el de Xaltocan y el de San Cristóbal; hacia el oriente y nororiente se extendía el de Texcoco; en el centro, el de México; y al sur, los de Xochimilco y Chalco. Este último se ensanchaba también hacia el sureste. Por su extensión y utilidad los más importantes eran los de Texcoco, Xochimilco, Chalco y por supuesto el de México, que rodeaba la ciudad homónima.
Los españoles no estaban acostumbrados a convivir con un espacio lacustre al que percibieron más como un obstáculo que como hábitat ideal para vivir y con el cual interactuar. Además, ciertas actividades productivas y tecnologías hispanas estarían en franca oposición con la presencia de los lagos. Por lo tanto, la llegada de los españoles supuso el inicio de una etapa de desgaste y extinción del paisaje lacustre del Valle de México. Según fray Toribio de Benavente, mejor conocido como Motolinía, la elevación de los niveles de agua de los lagos se inició desde 1524. Ello obedeció al aumento del depósito de materia muy diversa en el fondo de los lagos. Las causas específicas fueron varias: la acelerada erosión de las colinas aledañas debido a que el ganado consumió e impidió la regeneración de los arbustos y del pasto, así como la introducción del arado en la agricultura y la tala inmoderada de los bosques para reedificar la Ciudad de México o para convertirlos en leña. La capacidad de absorción del suelo disminuyó de tal modo que el agua pluvial fluía hacia el lago, arrastrando a su paso mucha tierra. De igual modo, los lagos se utilizaron como depósito de inmundicias, excremento y basura que generaban los habitantes de la Ciudad de México. Por consiguiente, las probabilidades de una inundación también se incrementaron, con la consecuente y constante preocupación de los conquistadores. La primera gran inundación de que fueron testigos los españoles ocurrió en 1555. De ahí en adelante emprenderían diversos proyectos para la desecación de los lagos, objetivo que se alcanzaría hasta la primera mitad del siglo XX.
CHALCO Y LA CIUDAD DE MÉXICO UNIDAS POR UN CANAL
Como en la época prehispánica, durante todo el periodo virreinal los lagos continuaron siendo el medio de transporte y comunicación más usado en el Valle de México. El transporte terrestre se realizaba mediante las calzadas existentes desde antes de que llegaran los españoles, pero no podía competir con los menores costos el transporte lacustre. Esta relación se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando se introdujo el ferrocarril, y los canales, a que se habían reducido los lagos, estaban sumamente deteriorados y con muy poca agua.
Durante el siglo XVI, arrieros y comerciantes del valle de Atlixco y Puebla llegaban al puerto de Ayotzingo con harina y otros bastimentos para embarcarlos en canoas hasta la Ciudad de México. Pronto este puerto resultó insuficiente para transportar todo lo que demandaba la capital. Las mercancías debían esperar varios días antes de ser embarcadas debido a la insuficiencia de canoas. En 1582 los españoles que transportaban el trigo y harina de Atlixco, entonces la región productora más importante de dicho cereal, se quejaron de que perdían mucho tiempo y dinero por las demoras. Para remediar tal situación, el virrey Lorenzo Suárez de Mendoza ordenó al alcalde mayor de Chalco que construyera otro embarcadero y que lo abasteciera con suficientes canoas y remeros. De manera complementaria se edificaron grandes trojes para almacenar los productos en espera de canoas. Fue así como a partir del siglo XVII Chalco desplazó a Ayotzingo como principal puerto de embarque rumbo a la Ciudad de México. Desde ahí se transportaban flores, frutas y legumbres frescas de Xochimilco; así como los productos de tierra caliente que llegaban por el rumbo de Cuernavaca, sobre todo maíz, azúcar y mieles que se procesaban en el Marquesado del Valle de Oaxaca. Por ahí ingresaban también el algodón y el cacao que llegaban de las costas del Pacífico. En ocasiones, por razones de higiene se prohibía transportar en canoas cierto tipo de mercancías como la carne, ya que el exceso de humedad aceleraba su descomposición, por consiguiente no había más remedio que introducirlas en carreta. Las huertas frutales se encontraban en San Pedro Ecatzingo y en Chimalhuacán. El cultivo de jitomates, tomates, chiles verdes y flores se realizaba en chinampas de la zona de San Andrés Mixquic y de Santa Catalina. Los habitantes de Santiago Zapotitlán y Santa Catarina explotaban canteras de Tezontle y piedra. Los de Tlalmanalco y de Amecameca sembraban trigo y maíz, además de extraer madera de sus bosques. Los de San Nicolás Tételo, San Pedro Tecompa y San Juan Iztapalapa extraían leña y carbón. En Tlalnepantla se comerciaba con maderas, carbón y leña. Para 1753, en toda la provincia de Chalco se producían 250,000 fanegas de maíz y 30,000 cargas de trigo con que se abastecía toda la ciudad y regiones aledañas.
Las canoas tenían diversos tamaños, aunque las que se usaban generalmente para el transporte de mercancías eran las llamadas de porte y de medio porte. Las primeras medían poco más de 18 metros de largo, mientras que las segundas unos 9 metros. Según Francisco Xavier Clavijero, en la segunda mitad del siglo XVIII los lagos eran surcados por canoas de hasta 30 metros de largo, talladas de un sólo tronco y podían transportar hasta 60 pasajeros. Por lo general tenían el mismo ancho en proa que en popa. Los bordes eran derechos, no curvos, de ahí que Humboldt se refiriera a ellas como barcos chatos. Se movían con remos cuadrados o pértigas. Por su escaso calado y angostura se adaptaban perfectamente a los canales de dimensiones reducidas, invadidos de hierbas y carrizos. Las aguas poco profundas no hubiesen permitido la maniobra a navíos más grandes; de ahí el fracaso del proyecto de las autoridades españolas en el siglo XVI de introducir barcos de vela. Abundaban también las barcas pequeñas que no rebasaban los cuatro metros de largo, sin embargo, a fines del siglo XVIII se prohibió su uso en el lago de Texcoco, debido a que frecuentemente eran víctimas de las tormentas perdiéndose su carga y hasta sus tripulantes, con el agravante de que a menudo los remeros conducían en estado de ebriedad. Con tal medida se afectó principalmente a los individuos pobres que usaban estas pequeñas canoas para transportar sus personas y escasas mercancías al mercado de la Ciudad de México, aunque la norma de tránsito era transgredida frecuentemente.
Las canoas que abastecían la Ciudad de México salían rumbo a Chalco el jueves por la noche para llegar el viernes por la mañana, día de mercado en Chalco. El tornaviaje lo emprendían ese mismo día por la noche para arribar a la capital el sábado por la mañana, día de mercado en esta ciudad. El recorrido se hacía en unas seis u ocho horas en época de lluvias cuando el nivel de agua era alto, y de once a doce en tiempo de secas.
En la Ciudad de México había un embarcadero frente a la hacienda de Santa Fe, cerca de San Pedro Tezompa. En Chalco el embarcadero estaba cerca de la plaza principal, hasta donde llegaba el canal que partía de San Lázaro, después de cruzar el lago de Xochimilco, la calzada de Tláhuac y de tocar la isla de Xico. Paso obligado era la garita de Mexicaltzingo donde se unían los lagos de Texcoco, México, Chalco y Xochimilco. La esclusa que impedía que las aguas saladas invadieran las dulces y la reducción de la anchura del canal a unos 20 metros provocaban que la fuerza de la corriente se incrementara haciendo difícil la navegación. Si se provenía de Chalco la dificultad para pasar era mayor debido a que la corriente tenía un descenso que a menudo hacía naufragar las canoas perdiéndose las mercancías. En sentido opuesto, aunque había que remar a contracorriente, los riesgos eran menores. Para colmo, era un lugar donde solía generarse un embotellamiento de las embarcaciones. Una alternativa utilizada por los remeros consistía en descargar sus canoas antes del paso y transportarlas por tierra al otro lado donde las volvían a embarcar. Lamentablemente la maniobra requería de mucho tiempo, de ahí que muchos siguieron arriesgándose a cruzar por agua. Finalmente en 1742, se quitó la esclusa para que el agua se expandiera y se aminorara su fuerza a un nivel inofensivo para las canoas.
A DESAGUAR SE HA DICHO
A pesar de las ventajas del comercio lacustre, los españoles no dejaron de ver en los lagos una amenaza que de vez en cuando se tornaba realidad. Desde la inundación de 1555 existió la preocupación sobre cómo desaguar el valle. Las inundaciones se comenzaron a hacer más frecuentes debido a las prácticas españolas que modificaron rápidamente el espacio. La amenaza de las inundaciones no era la única razón que movía a los españoles a buscar la desecación del valle, sino también su concepción del espacio. Buscaban que sus ciudades y particularmente la capital de la Nueva España, se asemejara a sus lugares de origen en la península europea. De ahí que buscaran convertir los canales de agua en enormes calzadas para el tránsito de coches. Por otro lado, creían que las aguas estancadas eran la causa de enfermedades y particularmente de las grandes pestes que de vez en cuando asolaban el valle. Varias fueron las inundaciones durante todo el periodo colonial y no hubo santo ni virgen que las pudiera evitar.
Los proyectos de desagüe también fueron numerosos. El más destacado consistió en la construcción del canal de Huehuetoca, al norte del valle, mediante el cual se drenaría el agua. Esta obra se inició en 1607 bajo la dirección de Enrico Martínez, pero por razones políticas quedó inconcluso. Hubo muchos otros proyectos durante los siglos XVII y XVIII, no obstante, todos resultaron insuficientes. Por ello en 1719 Juan de Dios Corral, un funcionario del gobierno virreinal aseguró que la ciudad se libraba de las inundaciones “más por la misericordia de Dios que por las obras ejecutadas.” Por supuesto que esta afirmación era exagerada, pues los diversos intentos de desagüe, aunque incompletos, lograron disminuir los niveles de agua. La prueba de ello es que para fines del siglo XVIII los lagos ya no eran navegables, salvo por los canales construidos para ello. En 1793 José Antonio Alzate midió la parte más profunda del valle, entre Texcoco y la capital, y constató que la profundidad no rebasaba la pulgada, con excepción de algunos parajes aislados donde había charcos o zanjas. La medición se hizo en el mes de agosto, es decir en época de lluvias, si bien éstas habían sido escasas durante los doce años previos.
Pocas fueron las voces que se escucharon en defensa de los lagos. Una de ellas fue precisamente la de Alzate, quien negó que las tierras que ocupaban las aguas pudieran ser útiles para la agricultura, como algunos argumentaban, debido a su alta concentración salina. Tampoco creía que si se desaguaba el valle se ahuyentaría el riesgo de enfermedades, por el contrario, se incrementaría debido al abundante polvo que quedaría en los terrenos desecados. El peligro de las inundaciones ya no era tanto, pues la constante erosión había provocado una elevación del terreno de los vasos lacustres. Algunos otros proyectos, que incluso fueron retomados después de la independencia, proponían la desecación, pero conservando el canal de Chalco a México, debido a su importancia para el comercio. Sin embargo, al final se impuso la percepción de que el agua era una amenaza latente para la ciudad, aunque de vez en cuando retorna para reclamar el espacio que ocupó por millones de años.
LECTURAS RECOMENDADAS
ESPINOSA PINEDA, Gabriel, El embrujo del Lago, México, UNAM/Instituto de Investigaciones Históricas-Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1996.
EVERETT BOYER, Richard, La gran inundación. Vida y sociedad en la Ciudad de México. (1629-1638), México, SEP-Setentas, núm. 218, 1975.
GARCÍA MORA, Carlos, Naturaleza y sociedad en Chalco-Amecameca. (Cuatro apuntes), México, Biblioteca Enciclopédica del estado de México, 1981.
GURRÍA LACROIX, Jorge, El desagüe del Valle de México durante la época novohispana, México, UNAM/Instituto de Investigaciones Históricas, 1978.
HUMBOLDT, Alejandro, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 1966.
LOMBARDO DE RUIZ, Sonia, Atlas Histórico de la Ciudad de México, 2 tomos, México, Smurfit Cartón y Papel/INAH, 1997.
LÓPEZ ROSADO, Diego, Los mercados de la Ciudad de México, México, Secretaría de Comercio, 1982.
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PAYNO MANUEL, Los bandidos de Río Frío (varias editoriales).
SIERRA, Carlos, Historia de la navegación en la Ciudad de México, México, Departamento del Distrito Federal, 1984.
TORTOLERO, Alejandro (coordinador), Entre lagos y volcanes. Chalco y Amecameca: Pasado y presente, México, El Colegio Mexiquense, H. Ayuntamiento Constitucional de Chalco, 1991-1993.
Sugerencia para citar este texto:
Hernández Jaimes, Jesús, “Los antiguos espejos de agua. La desecación de los lagos del Valle de México”, en Estante abierto. Revista electrónica de historia y política, abril de 2020, [Consultado el día/mes/año] estanteabierto.com
